jabola y su cuaderno, el blog del bolo o el boloblog sideral

Cuento de Navidad, 1958 ó 1959

Posted in JABOLANCIAS by jabola on 25 diciembre, 2012

Cuento de Navidad

Las navidades de 1958 y 1959 las pasé en una aldea muy próxima a Pamplona, hoy banlieue, y que en aquel entonces tendría unos doscientos habitantes contando con los llamados “andaluces”, siendo los andaluces unos 120 y 80 los aborígenes. A su vez los andaluces, así llamados, eran de Andalucia, Extremadura, Murcia; La Mancha…..Hoy la tal aldea tendrá más de 15000 habitantes y las urbanizaciones de lujo florecen tras un intenso agio y especulación que ha durado demasiados años.

Los andaluces habían comenzado a llegar en 1957 obligados por la necesidad y el Plan de Estabilización recetado por el FMI, ¿os suena?, y llevado adelante con entusiasmo por los neoliberales de entonces, Opus Dei (Ullastres, Navarro Rubio, López Rodó, …..) y contra el criterio de la caverna franquista. Dicho plan desplazó a millones de personas de las regiones deprimidas a zonas con posibilidades de desarrollo: al extranjero (Vente a Alemania, Pepe) y a Madrid y al norte de la península, Cataluña, Pais Vasco y Navarra, Asturias. Esa mano de obra barata e indefensa ayudó, definitivamente, a enriquecer las regiones más ricas por aquello de que el capital es mano de obra acumulada. Todos sabemos quien pone la mano de obra y quién se queda con el capital. También sabemos dónde se queda la mano de obra cuando ya no hace falta… Me está saliendo un cuento de navidad algo borde y eso que aún no lo he empezado, que sólo estoy trazando el marco en el que se inscribirá el verdadero cuento.

Ad Introibo.

Así pues, navidades de 1958 o 1959, no puedo precisar más, en la casa familiar de mi abuelo. En la noche de navidad se había cenado, como todos los años, aprisa y corriendo para acabar de cenar antes de las nueve de la noche, ya que las normas eclesiales de entonces no permitían comulgar en la Misa del Gallo si se comía o bebía algo después de esa hora. Eso era lo más importante: acabar de cenar antes de las nueve de la noche. Lo más importante y primordial. Y se controlaba escrupulosamente. Ha de tenerse en cuenta que todo el pueblo iba a misa y todo el pueblo comulgaba. Todo. Y cuando digo todo es que era todo. Todo.

Bueno todo, todo, no. Todo el pueblo que contaba era el de los aborígenes pues los andaluces recién llegados no iba casi ninguno a la iglesia y, la verdad, contaban poco, mejor nada. Eran los andaluces y vivían allí lejos, en la Casa Grande, en El Crucero, con su aislamiento, sus costumbres. Aislados.

En esa época la fungía yo de monaguillo de don Ramón, el párroco, lo que yo hacía con entusiasmo y aplicación. Así que muy formal, como siempre, ayudé en la Misa del Gallo y después, ya en casa, seguimos con la tradición de empapuzarnos de turrones y de jugar, hasta las tantas, al siete y medio y a los montones. A los niños se nos dejaba hacer trampas discretas, de tal modo que nos íbamos a la cama entusiasmados y embobecidos por las ganancias, que allí se jugaban perras, que podías “ganar” hasta cien pesetas si se daba bien el invento.

El 25 de diciembre, hacia un frío helador y si fue de 1958 o 1959 sería sencillo de dilucidar por lo que luego se verá, a las nueve menos cuarto de la mañana estaba yo en la iglesia parroquial de la entonces aldea, una hermosa iglesia del gótico tardío con un bellísimo retablo, dispuesto a ayudarle a Don Ramón a la primera misa. No había comenzado aún a ayudarle a vestirse al cura -amito, alba, cíngulo, manípulo, estola, casulla- cuando una mujer andaluza entró desasosegada en al sacristía urgiéndole a Don Ramón para que asistiera a un familiar suyo que estaba “mu malito, mu malito” y que, curiosamente y por excepción, no vivía en la Casa Grande sino en una casa inmediata a la iglesia. Armado don Ramón de oleos y hostias,  revestido de capa  y ayudado por mi colega que portaba cruz y por mí, portador de cirio y campanilla, nos abrimos paso en la nada heladora que había en los escasos veinte metros entre casa del “enfermo” y la parroquia. Tras subir unas escaleras entramos en una oscuridad nauseabunda, de un olor tan indescriptible como inolvidable. En una cama yacía un hombre inerme, en calzoncillo, boca abajo y que al decir de Don Ramón ya estaba muerto. Le echó al muerto unos gori gori y tras decirles a los familiares que avisaran al médico por aquello del certificado, bajamos las escaleras tras un don Ramón que musitaba: andalucessssssssss

Ayudé a la primera misa, que comenzó con un ligero retraso, y después me fui, muy excitado,  corriendo a casa a contar tan grande aventi. A lo largo de la mañana iba extendiéndose el rumor de que había fallecido por una gran tajada de anís, “que deja muy frío” decían, ayudada, la tajá, por un brasero que …… La tajada y el brasero de la Nochebuena de 1958 ó 1959.

Ayudé también a la misa mayor de aquel día de Navidad, muy impresionado por el olor y la imagen de aquel cadáver espatarrado y en calzoncillo. No era el primer cadáver que veía, que en la Cruz Roja de Ceuta había visto varios, pero sí era el primero çon el que yo había tenido una relación directa, aunque fuera con el modesto oficio de portador de cirio y campanilla.

Nunca supe de dónde era el andaluz, ni cómo se llamaba, ni su edad, ni si tenía hijos, ni otras circunstancias, ni si fue cierto lo del anís o lo del brasero de picón. Nunca supe nada más, noche y niebla, de aquello ya no se habló más, era cosa de andaluces. Y punto.

Día de Navidad de 1958 o 1959, con un frío aterrador. Así lo recuerdo, aunque la memoria es la tramposa de la casa. Lo principal es muy sencillo comprobarlo, no obstante. Aquel olor nunca lo olvidaré, es inolvidable. El olor de la injusticia, el olor de la  pobreza, el olor del dolor, el olor del abandono y de la miseria. Inolvidable, sí. Y me marcó y aún me marca.

Andalucessssssss ….. Ya lo dijo don Ramón, aquella lumbrera de la Iglesia.

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