jabola y su cuaderno, el blog del bolo o el boloblog sideral

Discurso de la servidumbre voluntaria, Etienne de la Boétie

Posted in JABOLANCIAS by jabola on 6 marzo, 2012

Conocida y famosa es mi afición al vagabundeo, al vagabundeo en general y al activo en particular, vagabundeo predicado y practicado a modo por el Señor de la Montaña y del que ya vengo hablando, soy así de brasas, en este Cuaderno. Y así, y a su través, en una de esas incursiones vagabundescas llegué a mi apreciado Étienne de la Boétie, autor francés, político, poeta, diplómatico, magistrado, negociador (1530-1563) y que aquí os vengo a recomendar. Le tocó vivir en una dificilísima época de la vida de su nación, guerra civil-religiosa entre protestantes y católicos, y fue activo en la negociación por la paz entre las partes. Así conoce a Montaigne con el que establece una amistad eterna y que tanto hará por extender la filosofía de su amigo y que sea conocido y apreciado. Enlace a Wikipedia en francés.

La obra más conocida de La Boétie es el “Discurso de la servidumbre voluntaria” ensayo de unas pocas páginas y escrito cuando la criatura contaba con la tierna edad de dieciocho años. Libro culto, erudito, lleno de citas y referencias clásicas exige una lectura despaciosa y atenta. Gracias a los dioses benignos existen hoy ediciones bien traducidas y comentadas y que a los intonsos y lelos como el que suscribe nos vienen de maravilla y nos ayudan a navegar por tan instructivas páginas. Yo tengo la edición de Trotta, 2008, traducido por Pedro Lomba y con un epílogo interesantísimo de Claude Lefort. Un lujo de libro, un excelso canto a la libertad, por el módico precio de unos diez euros, voy de memoria.

El título del libro es esclarecedor de la materia de la que trata. Y nos viene a decir que existen los tiranos y las tiranías porque nos dejamos, ya que somos nosotros mismos los que aceptamos vivir en servidumbre y que el sólo pensamiento, y la acción, del no serviré tira por tierra al tirano, lo hace desaparecer y acaba con la servidumbre. El Discurso es para mi un canto a la libertad y me asombra el pensar que éso está escrito en el siglo XVI, con un bello y claro regusto renacentista. También me asombra lo poco, nada, que hemos aprendido de entonces acá. Lo digo yo que he vivido ventiocho años de mi vida bajo la dictadura de Franco y que ya llevo unos cuantos bajo la dictadura de los mercados. Servidumbres voluntarias, así es y sabiendo como sabemos que el rey está desnudo. Somos bobos, bobos de baba y tiza.

A los pocos que no conozcan este librito os animo a leer el Discurso de la servidumbre voluntaria o El Contra Uno. En la red lo tenéis al alcance de un clic, ojo a las traducciones. También tenéis ensayos sobre el  Discurso, etc.

Os dejo de muestra los últimos párrafos del discurso donde se habla sobre los esbirros y lacayos del tirano, los fundadores de su red clientelar, tupida red que nos ahoga y tiraniza.

Estos miserables ven relucir los tesoros del tirano y contemplan boquiabiertos los brillos de su esplendor, y engolosinados por este fulgor, se aproximan, se aproximan y no ven que se meten en el fuego, el cual no puede dejar de consumirles. Así el sátiro indiscreto, como cuentan las fábulas antiguas, al ver alumbrar el fuego hallado por Prometeo, le encontró tan hermoso que fue a besarlo y se quemó. Así la mariposa, que esperando obtener algún placer, se mete en el fuego porque reluce, y prueba su otra virtud, la de quemar, como cuenta el poeta toscano.

Pero supongamos aún que estos favoritos escapen de las manos de aquel a quien sirven: nunca se salvan del rey que le sucede.Si es bueno, hay que rendir cuentas y reconocer al menos su razón.Si es malo e igual que su predecesor, no dejará de tener también él sus favoritos, los cuales normalmente no se contentan con ocupar el lugar de los otros si no poseen además, lo más a menudo, sus bienes y sus vidas. ¿Cómo puede suceder entonces que haya alguien que, ante un peligro tan grande y con tan poca seguridad, quiera ponerse en en esta desgraciada situación de servir, entre tantas dificultades, a un amo tan peligroso? ¿Qué castigo, qué martirio es éste, Dios verdadero? Estar día y noche detrás de uno para pensar en agradarle, y sin embargo temerle más que a nadie en el mundo; tener el ojo siempre alerta, el oído aguzado para atisbar de dónde vendrá el golpe, para descubrir emboscadas, para escudriñar el gesto de los compañeros, para darse cuanta de quién le traiciona; sonreír a todos y sin embargo, temer a todos; no tener ningún amigo abierto, ningún amigo seguro; tener siempre el rostro risueño y el corazón transido, no poder estar alegre ni atreverse a estar triste.

Pero es un placer considerar lo que les revierte este gran tormento y el bien que pueden esperar de sus esfuerzos y de su miserable vida. Gustosamente el pueblo no acusa del mal que sufre al tirano, sino aquellos que le gobiernan: de estos, los pueblos, las naciones, todo el mundo, a porfía, hasta los campesinos, hasta los labradores, conocen el nombre, descifran sus vicios, arrojan sobre ellos mil infamias, mil maldiciones. Todas sus oraciones, todos sus deseos van dirigidos contra ellos; les reprochan todas sus desgracias, todas las pestes, todas las hambrunas. Y si alguna vez les honran en apariencia, a la vez echan pestes de ellos en su corazón, y les tienen un horror más extraño que a las bestias salvajes . He ahí la gloria, he ahí el honor que reciben por su servicios a las gentes, las cuales, aunque hubieran despedazado su cuerpo, no estarían todavía, eso parece, lo bastantes satisfechas, ni medio resarcidas de su sufrimiento, sino que, ciertamente, incluso después de muertos, quienes les suceden jamás son tan perezosos como para que el nombre de estos «comepueblos» no sea ennegrecido con la tinta de mil plumas y su reputación desgarrada en mil libros, y sus mismos huesos, por así decir, arrastrados por la posteridad, castigándoles por su malvada vida, incluso tras su muerte.

Así pues, aprendamos alguna vez, aprendamos a obrar bien. Alcemos los ojos al cielo, o por nuestro honor, o por el amor mismo de la virtud, o ciertamente, hablando cabalmente, por el amor y el honor de Dios todo poderoso, que es seguro testigo de nuestros actos y justo juez de nuestras faltas. Por mi parte, yo pienso, y no me equivoco (pues nada hay tan contrario a Dios, totalmente liberal y bondadoso, como la tiranía), que reserva allí aparte, para los tiranos y sus cómplices, alguna pena especial.


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