jabola y su cuaderno, el blog del bolo o el boloblog sideral

Cuento de Cuaresma, Cuento de Pasión -2-

Posted in JABOLANCIAS by jabola on 3 abril, 2010

El año pasado contaba aquí mi primer Cuento de Cuaresma y en él relataba mis cortas andanzas como cofrade-penitente en la fastuosa cofradía de mi colegio, de mi simoníaca venta del hábito, hachón incluido, y de la gran Semana Santa que me pasé con tan impías y sacrílegas maniobras, si bien, y a resultas de todo ello, me quedé sin mortaja, como puede leerse en lo que allí conté.

Me propongo seguir dando la brasa al personal con mis aventis de cuaresma, ya casi acabada la de este año, pero sí somos los que dejamos todo para el final; aunque aún es semana de pasión, conste, estoy en plazo.

Desde niño me preocupó la variabilidad de la cuaresma, unos años en abril y hasta casi mayo, otros en marzo nada más entrar la primavera, es decir con casi mes y medio de diferencia, cuarenta días mejor, entre unas y otras pascuas lo que para un humilde escolar es de vital importancia pues el trimestre segundo se podía hacer casi eterno, como el padre ídem. Estas cosas que tanto afectaban a mi vida escolar y a mis vacaciones convenía saberlas de carrerilla y dormido;  Nicea dixit: “que la semana santa se definía por el domingo de resurrección que era el primer domingo tras la primera luna llena después del equinoccio de primavera, siempre y cuando no coincidiera con la pascua judía en cuyo caso la semana santa se posponía cuatro semanas y para no coincidir con la pascua judía”, que eso de no coincidir con esos judíos, el pueblo deicida se decía, los que mataron a Jesús se remachaba, ¡infames!, era de vital importancia. Ya con eso aprendido, quizás con catorce años o por ahí y avizorando siempre las azarosas vacaciones de semana santa, se contaba en mi colegio con una semana extra de vacaciones, una semana que no figuraba en ningún calendario escolar. ¡La Semana de los Ejercicios Espirituales!

Ahí es nada: Los Santos Ejercicios Espirituales, edición resumida y adaptada para pajilleros contumaces de los Santos Ejercicios Ignacianos de nuestro Santo Padre Fundador San Ignacio de Loyola corre a la lid, a la lid; otra de memoria, como se puede ver. Allí en las cuevas de Manresa se le ocurrió al de Loyola el singular método de meditar durante treinta días sobre el mundo y su vanidades, lo bueno que era el dios y lo malo que era el pecado y lo miserable que era uno en cuanto pecador y lo grande que podía ser uno también en cuanto obediente hijo del dios y, llega el quid del asunto, fidelísimo y obedientísimo hijo de la santa madre iglesia, que en eso estaba el meollo del asunto, su intríngulis y pepita, de tanto encierro y tanta meditación, fruto de la cual fue, de paso, fundar la Compañía de Jesús, así, como el que no quiere la cosa. Eso de la meditación y los Santos Ejercicios funcionaba: y lo patentó, claro.

Pasados cuatrocientos años y al comienzo de los años sesenta, corcusidos los Ejercicios de treinta días a unos de cuatro y adaptados a niños y jóvenes de catorce a diecisiete años en plena eflorescencia hormonal y de paralela actividad manual, se organizaban para cada curso una semana de ejercicios cerrados en un sitio alejado del colegio, suspendida cualquier actividad académica. Ejercicios cerrados, otro quid del asunto, insisto. Intentaré explicarme.

Los ejercicios eran voluntarios, con un grado de voluntariedad relativo pues de los noventa de mi curso no iban a los Ejercicios diez, al más o menos. Los diez que se quedaban debía acudir cada día al colegio si bien en un ambiente relajado, sin clases y matando el tiempo a como dios diera entender. Los que íbamos a la cosa espiritual y cuaresmal habíamos pagado por adelantado un modesto precio que comprendía todo: viaje, pensión completa y gastos del cura que daba los Ejercicios, naturalmente SJ.

Los Ejercicios se hacían los cuatro últimos cursos del bachiller desde cuarto hasta preu y que yo recuerde fueron en mi caso: en cuarto en Tudela, en quinto y sexto en la Quinta Julieta al lado mismo de Zaragoza y en preu en Loyola.

Los ejercicios de Tudela y los de la Quinta Julieta fueron por el método “del temor de dios” y consistían en acojonarnos y atormentarnos con el infierno de un modo inmisericorde durante cuatro días. Imaginad el escenario: Cura-Director de los Ejercicios en el presbiterio de la capilla, una pequeña lamparilla sobre su mesa, la luz del sagrario titilando allí al fondo y el cura disparatando con el infierno durante una hora sobre la masa oscura de impenitentes pajilleros. Transcurrida esa hora, encierro de cada uno en su habitación durante otra larga hora y en la que debíamos meditar y reflexionar sobre aquel infierno abisal del que se nos había hablado a niños y jóvenes entre catorce y dieciséis años A la siguiente hora, toque de timbre, salir al pasillo y formando filas y con la vista baja y en total silencio, que se nos exigía, otra vez a la capilla, pequeño haz de luz sobre la mesa del cura-director y otra hora más de vuelta de tuerca. Siempre eran los mismos ejemplos: el niño que muere en pecado mortal y que se aparee al amigo que reza por él y le dice. “Juan, no pierdas más el tiempo, no reces más por mí y por mi salvación. Fallecí en pecado mortal y mi condenación es eterna y tus rezos inútiles”; el ejemplo de eternidad de “el pájaro que cada cien años pasa y roza con su ala la tierra y cuando esta está desgastada por el roce con el ala, aún no habrá comenzado la eternidad.” Y así en este plan, disparatando a fondo con el objeto de atemorizarnos y aterrorizarnos con el pecado mortal incidiendo, claro es, en lo que se consideraba vicio nefando: la masturbación. Y para más inri se lo contaban a una cuadrilla de adolescentes con las hormonas levantiscas de la mañana a la noche. Aquel aquelarre terminaba, era la apoteosis final, en la que se llama la Confesión general, para la que nos recomendaban que apuntáramos en una libreta aquello de lo que nos debíamos acusar; se le llamaba general pues en ella se acusaba uno detodos los pecados cometidos durante toda su vida. Imaginad lo que es eso en un niño de mente escrupulosa. Misa y comunión también generales y a casa. Y a ser santos de por vida, hasta que las aterrorizadas hormonas se hacían otra vez presentes y se iban haciendo hueco y ya pasados unos días se empezaba uno a olvidar de los compañeros aparecidos, la eternidad y otras zarandajas. La sabia naturaleza volvía a poner las cosas en su sitio.

A pesar del terrorismo religioso-intelectual que aquello mentecatos e ignaros curas jesuitas intentaban imponernos esos días en especial, la sabia naturaleza seguía sus intuiciones y así nadie conseguía que nos desprendiéramos de las amistades previas a los ejercicios, cosa que intentaban pero los días eran pocos para conseguir esa villanía. En ese intento fracasaban uno y otro año y cada uno se ponía con sus amigos, no se conseguía el silencio absoluto que se exigía y excepto cuatro fanáticos nos cruzábamos miradas de inteligencia, sonrisas propias de la edad, bisbiseos y cualquier otro modo de comunicación. Y tan era así que recuerdo que mi buen amigo F, dejémoslo de momento de ese tamaño, del que no me despegaban ni con salfumán, me solía, mejor nos solíamos, hacer apuntes en las comidas, servidas por monjas jóvenes de mirada baja y sumisa, sobre las repartidoras de alimentos, mordaces unos, sicalípticos los más.

En aquel ambiente tenebroso podía pasar cualquier cosa y en eso estaban precisamente los curas: conseguir un ambiente de humillación y de anulación de la personalidad de cada quién. Y así, recuerdo declaraciones públicas, en la capilla, de auto acusadores que proclamaban alto y fuerte “que su vida jamás volvería a la senda de horribles pecados por la que había transcurrido hasta estos santo ejercicios.” Visto desde aquí y ahora es de risa pensar que unos niños se pudieran acusar de pecados sin cuento, pero también uno se queda atónito ahora de que aquellas personas adultas, nuestros padres incluidos, que pretendían formarnos consintieran con estas atrocidades que ahora cuento. Aquí también tuve yo una tremenda experiencia, si bien chusca, como casi todo lo mío. No sé como cayó en mis manos un cilicio, todavía me pregunto quien coño me dio aquella cosa, y manifesté a mis amistades, hice público y de general conocimiento el enorme sacrifico y suplicio la que me iba a someter; me coloqué el cilicio dos minutos antes de salir a filas y según mi percepción al límite de la perdida de conocimiento por el dolor. Creo que fue en quinto de bachiller el sucedido. Bien, puestos en filas, llamados a la meditación, hice saber a todo cristo, mediante gestos, que me había colocado la cosa aquella que laceraba mis carnes poniéndolas al rojo vivo, que en la penitencia como en el amor conviene que el personal se entere. Arrancadas las filas hacia la capilla no bien había dado diez pasos el ridículo cilicio se deslizo muslo abajo acabando en mis tobillos por lo que me tuve que sacar tipo rodillera mientras las filas avanzaban en silencio. Descojono general en mi derredor y saludo a la afición con aquel trofeo en alto, más descojono e intervención inmediata de un cura vigilante que me reconvino y amonestó severamente. Hasta aquí mi experiencia con el castigo a las carnes pudendas y no pudendas; se conoce que el punto tres de anclaje no era suficiente y que me debería haber colocado aquella cosa al cinco para que convenientemente hincado en las carnes no se moviera. Fui más listo que el sádico que inventó aquello y me lo coloqué al tres. Que se jodan el inventor del cilicio y el que me lo dejó.

Y así en este plan transcurrían los cuatro días de los ejercicios. A la vuelta al colegio había unos días de fervorín general, brazos en cruz en el rosario y cosas por el estilo, pero la primavera avanzaba y de un modo silencioso derrotaba a aquella caterva de locos fanáticos que practicaban el sadomasoquismo con gran fruición. Me sigo preguntando, lo seguiré haciendo lo que me quede de vida, el cómo es posible que hombres supuestamente formados pudieran ser tan fanáticos, tan ignorantes y tan crueles. Misterios de las religiones y de la sociología.

Quiero relatar un caso particular que sí es bien dramático y tiene muy poco de chusco. Un compañero y amigo, de la cuadrilla, no pasaba nunca a comulgar. Y nunca es nunca. Y eso destacaba en aquel ambiente en el que comulgábamos todos y todos los días del año. Y no era que los demás no pecáramos: hacíamos lo que podíamos, unos más, otros menos, y previo paso por el confesionario de un cura sordo, que tenía colas con roscadera, se comulgaba tan ricamente y hasta la siguiente. Pero este colega no era así: nunca confesaba, nunca comulgaba, nos tenía moscas aquel asunto tan cantarín en aquel ambiente. Por otro lado nunca iba a los ejercicios espirituales. Finalmente conseguimos que Z nos acompañara a los ejercicios de sexto, año 63 y expectantes vimos como los hacía con grande fervor, tomaba más notas que nadie, no hablaba con nadie, la mirada siempre baja y recogida, espectacular en un hiper activo como él, en fin que era el modelo de comportamiento. Llega por fin la confesión general Z que no se confiesa y como corolario que no comulga. Nadie le preguntó nada, no volvimos, por pudor, a hablar nuca jamás de aquel asunto. Pasados unos años, muchos, me encontré con Z en una fiesta y pasamos horas hablando. Teníamos los dos los hijos muy mayores, nuestra charla fue distendida y hablamos, como es natural, del colegio, de su obsesión con el sexo y el fanatismo religioso que había; de muchas cosas hablamos. Llegados a un punto le relaté nuestra preocupación por su “incomunión”, el arrastre a los ejercicios de sexto, etc. Pasados treinta años de aquello, con un vino en la mano, relajados, me contó Z que él lo había pasado mal, muy mal, con aquello. Resultó que él se consideraba irremisiblemente arrastrado al infierno en su niñez y primera juventud pues en primero de bachiller le dio por pensar en como tendría la cola el niño Jesús, en que si el niño Jesús tendría cola, en fin las teologías propias de la edad. Aquello que él consideraba un mal pensamiento de pecado mortal, una marranada inconfesable, le obsesionaba y abismado en la cola del niño Jesús no se atrevió a confesarlo por lo que comulgó, según entonces le parecía, en sacrilegio, aquello fue in crescendo y de sacrilegio en sacrilegio, según su escrupulosa conciencia de niño, hasta que en cuarto decidió no confesar ni comulgar más, él ya se consideró carne de infierno para siempre jamás y que para qué iba a hacer nada, lo suyo no tenía remisión ni salvación posibles. No pudo, no se atrevió a hacer la confesión general en los ejercicios a los que refiero y siguió sufriendo como un poseso por este pueril asunto. Y en este terrorismo religioso pasó ¡todo el bachiller!, reconcomiéndose en terrores diurnos y nocturnos. Cada día de colegio, cada comunión, eran para él un suplicio y eso durante siete cursos pues en preu siguó en el mismo plan. Solo al cabo de los años, de muchos años, se fue liberando de aquel disparate y me confesó que yo era la segunda persona que sabía aquello, que era algo que aún le dolía. Y todo por la colita del niño Jesús sobre la conciencia de un niño escrupuloso, que también hay que joderse. Por la colita y por la estulticia y majadería de aquellos asnos que decían educarnos y que provocaban en conciencias escrupulosas, como en el caso de Z, dolorosas contradicciones y severos desequilibrios.

Decía más arriba que los ejercicios se daban de dos maneras: por temor a dios o por amor a dios. Ya en preu se nos consideraba maduros para darnos unos ejercicios por amor a dios. Y así fue, en Loyola nos dieron unos ejercicios por amor al dios. Y aquello fue jauja, y aquello fue un festín. Sin el acojono finisecular, viendo la cara bondadosa del dios, nos dedicamos a hacer excursiones por la basílica, diurnas y nocturnas, a escaparnos por los alrededores y reírnos. Total que para lo que nos quedaba en el convento tampoco nos íbamos a amargar la vida. En un trimestre más estábamos en la calle sin aquellos curas malditos que nos vigilaran. De eso eramos conscientes todos, los curas y nosotros y se había llegado como a una tregua, a un ten con ten, para no amargarnos más la vida los unos a los otros. Así que de Loyola tengo un buen recuerdo, risas y aventuras, y es que el amor es siempre más convincente que el temor. Siempre. Además ya en aquella época yo había ya leído, o creo ya recordar haber leído vaya usted a saber, Ensayos para la Educación de Bertrand Rusell y ya había aprendido que la filosofía educativa “de que todo lo que era malo para el hombre era bueno para dios” era falsa y perversa y que había que combatirla.

Debo decir que en aquella época este fanatismo religioso era lo normal y en toda la sociedad. En los pueblos se hacía cada pocos años lo que se llamaban Las Misiones que consistían en que un cura fuereño, normalmente redentorista, daba una especie de ejercicos adaptados ala vida campesina, siempre con el infierno y el acojono como telones de fondo. Conocí unas tales misiones, hacia los años cincuenta y siete-cincuenta y ocho, en un pueblecito de Navarra de doscientos habitantes entonces y con unos resultados magníficos para la estadística misional: pasó a comulgar todo el pueblo. Todos: ancianos, mayores, jóvenes y niños; a los impedidos se les llevó la comunión a casa, que allí no se escapaba de la barbarie nadie. Aún recuerdo al fray Gerundio de Campazas aquel tronando como un poseso desde el púlpito, abriendo los infiernos a todo cristo. Luego en una cruz que había en los atrios de las iglesias se apuntaba: “Misiones del año 1958”, por ejemplo.

Otra variante de aquellos años era lo que se llamaban los Cursillos de Cristiandad, que eran una variante diocesano-franquista para el pueblo de los Ejercicios Ignacianos. Se daban especialmente para hombres en sitio cerrado y durante tres días y volvían a sus ciudades y pueblos enfervorecidos y fanatizados de tal modo que les decían “los pastilleros” pues parecían drogados por los tales cursillos, como si les hubieran dado una pastilla de droga. Aún existen los tales cursillos y tienen esta página web en la que te puedes ilustrar y si quieres saber de su historia aquí tienes más madera.

Bueno hasta aquí mi cuento de pasión del año 2010. Y no me cabe la menor duda que retirarse a meditar unos días sobre el mundo y sus vanidades es bueno para el que se retira. Pero en las debidas condiciones y no sometidos a un régimen de terrorismo mental. Aquellos bárbaros que conocí en mi infancia y juventud sólo dejaron en mi corazón y espíritu lacerías y quebrantos que fueron cicatrizando con el sabio paso de los años. Me sigo preguntado, siempre lo haré y no me canso de repetirlo, el cómo aquellos hombre adultos, con la complicidad de nuestras familias, pudieron cometer de un modo impune, incluso fervoroso, aquellos disparates con todos nosotros. Y de poco me vale el mal de muchos.

Pasados unos años el cura que mayor contacto humano y emocional tuvo con la mayoría de nosotros me interpeló, en un encuentro casual por la calle, y me dijo de un modo espontáneo y casi sin venir a cuento:”Cómo nos equivocamos con todos vosotros y cuántas veces os tendremos que pedir perdón por lo que hicimos.” Ha sido el único cura que me ha hablado así. Me dijo que había recapacitado mucho sobre su vida y que aquellos años de fervor nacional sindicalista los llevaba en su conciencia como una autentica cruz y que era consciente que aquello había sido una barbaridad. Por eso me pedía perdón, por eso nos pedía perdón a todos. Y yo claro que se lo di allí mismo, sorprendidísimo, y eso que era el cura que mejor se había portado con todos nosotros y era, casualmente, al que menos había que perdonar o quizá nada que perdonar. Ya falleció. Los demás se han ido al otro lado de la tapia en el silencio. Paz para todos.

Aquellos educadores, preocupados por la eterna salvación de nuestras almas, perdieron una excelente ocasión, la mejor de las posibles, en hacernos amar a un dios bondadoso y aceptable través de Bosuet, Ockam, Kempis, las dos Teresas, Ibn Arabí, Juan de la Cruz y de tantos otros y se empeñaron en mostrarnos un dios implacable, rencoroso y despreciable en la senda de Alfonso Mª de Ligorio, Agustín, Jerónimo, Balmes, Astete-Vilariño, ….., en definitiva en una religión basada en el miedo, en el rencor y en el infierno. En una religión en la que todo lo que era malo para el hombre era bueno para dios…….

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Una respuesta

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  1. subava said, on 4 abril, 2010 at 11:03 pm

    Sr Jabola ,ha descrito perfectamente aquella época.Veo que fuimos muchos los que sufrimos las tiranias ,los ejercicios espirituales de los cuales salias con un sentido de culpa infernal. la monja que sin saber una porqué te hacia la vida imposible en el colegio, ,etc, en fin ,para olvidar.
    Si recuerdo, cuando llegó al colegio Sor J .que fué la primera persona a la que escuche hablar del Dios amor y no Castigador , y es cierto,lo que dice Ud: ella conseguia que todas las alumnas quisieramos ser mejores, mientras que aquellas sesiones de Ejercicios nos producian una desazon tremenda.

    Me ha llevado Ud a aquellas cuaresmas y semanas de pasión oscuras.
    Por cierto :tampoco nos hablaban de la Pascua..
    Ay que ignorantes aquellos maestrillos con sotana.
    Gracias por su relato.
    y
    ¡Feliz Pascua de Resurrección¡


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