jabola y su cuaderno, el blog del bolo o el boloblog sideral

cuento de cuaresma, cuento de pasión

Posted in JABOLANCIAS by jabola on 7 abril, 2009

Cuando uno era niño, y de pueril entendimiento que dice la chansón, y cursaba lo que se llamaba entonces el quinto de bachiller apareció por lo que denominábamos la “brigada”, jesuitismo en acción, un padre de aleonada melena y al que conocíamos por ser el cura del coro, vasco él y de imponente aspecto; apareció, decía, por la brigada pero no como el cura del coro sino a título de padre consiliario de una cofradía, precisamente la cofradía de la semana santa asociada a nuestro colegio y que se intitulaba, y se titula, con un larguísimo y rimbombante nombre muy propio de la época, con cruces, señoras y demás nombres propios de la actividad. Creo recordar, pero no aseguro, que el padre consiliario apareció con un pollo que sería no sé qué de la Cofradía y entrambos nos presentaron la cofradía, los hábitos, en fin el oropel que a un niño de catorce o quince años le seduce y le impacta. ¡Casi nada lo del ojo y salir de casa vestido con semejante ropón, andar por ahí desfilando hasta las tantas, cirio en mano, ser objeto de miradas varias y tú ver sin ser visto! Todo esto adobado de espiritualidades varias, de reflujos e influjos morales que completaban el atractivo de la cofradía, la salvación eterna y otras adherencias propias de la época, que era la del año 1962, año en el que la vida de nuestro país se vivía en pasión y gris, dicho sea en términos taurinos, o en legaña y sacristía dicho en términos reales.

La materialidad del ropón, o hábito del cofrade, eran seiscientas pesetas -3,60€ de hoy-, lo que fue comunicado en casa en la primera comida familiar tal era el entusiasmo que despertó en el que suscribe la cofradía, el hábito, el cielo prometido y demás parafernalia y ello a pesar de las estrecheces y lo paupérrimo de la economía familiar, y social, en aquella época. Téngase en cuenta que un mes de enseñanza sin ninguna subvención costaba por aquel entonces para curso y persona de la que se trata, quinto de bachiller y en colegio no subvencionado (eso entonces no existía), unas quinientas pesetas y mes -3€-; visto así el ropón o hábito de barato no tenía nada. Nada de nada, que hoy serían de 400 € para arriba, al más o menos, que la precisión es un atributo divino y de eso aquí hay muy poco. Lo curioso, y apabullante, es que el presupuesto fue aceptado de inmediato y el permiso para apuntarse a la tal cofradía, y su soldada, obtenido sin más discusión ni porfía.

Ya tenemos a nuestro estudiantillo, un servidor, apuntado a la cofradía y hete aquí que fuimos convocados a una sastrería-fábrica que había en el entonces Paseo Mola, hoy Sagasta, antes de la curva que da paso a Cuellar. Bien, allí nos tomaron unas ligeras medidas, era ropería industrial por lo que allí se vio, y yo, avergonzado avisé, previamente aleccionado y presionado por mi madre, que me hicieran el puñeterísimo hábito crecedero pues era yo, por aquel entonces, más pequeño que un hoyo; téngase en cuenta que yo era, ignominiosamente, el primero en la fila de gimnasia en la que se formaba, como cualquiera sabe, de los enanos hacia los cipayos. Bien, tomadas las medidas hicimos entrega de una cierta cantidad y allá al mes o mes y medio llegaron al colegio los hábitos morados y blancos, cartón, caperuza, faja y cirio incluidos, y en ese instante se terminaba de pagar lo pactado. Pruebas, risas, alegrías, dimes y diretes; también una aleccionadora alocución del padre consiliario sobre uso y comportamiento con el hábito, que entonces ya no eras tú, que representabas ya a la cofradía, y de paso a la Iglesia, en fin la brasa consuetudinaria que se podrían haber evitado pues entonces todo era iglesia, iglesia, iglesia y de vez en cuando familia, municipio y sindicato y siempre Su Excremencia El Jefe del Estado de tan infausto recuerdo y conocido como El Patas Cortas.

Bien, habito, capuz, faja y a la izquierda como los jesuitas, cirio, el trimestre que avanza y ¡zas! que ya es el día de salir a procesionar, a darnos el garbeo soñado vestidos de hombres y maqueados de Semana Santa. Así vestidos desaparecía la minoría de edad, adquiría uno la categoría de cofrade, uno más, de hombre. Al fin.

Formaba en aquel entonces la cofradía una tropilla de gentes, realmente pocos, y entre los que destacaban dos compañeros míos pues uno tocaba una especie de trompetilla, alargada, con más voluntad que acierto pues aquello hacía gallos y desafines cada tres pasos y el otro le daba con ganas y afición a un tambor y a bombo pues el afanoso percutor igual hacía a pelo que a pluma. Salíamos dos veces en la semana: una por libre en un recorrido San Cayetano-Jesuitas de abajo ¿los martes?, y otra integrados en la gran procesión del viernes santo, en la general que se llamaba. Lejos de quedar en el anonimato por lo común del hábito vi en seguida que nos reconocíamos unos a otros a la primera de cambio, por la estatura, calzado, maneras, etc. Mi gozo en un pozo, seguía siendo el mismo mocoliti que antes del hábito. Decepción.

Salí un par de años más, sexto y preu y recuerdo que uno de ellos llovió lo suyo y ya como chupas de dómine se suspendió la procesión. Aquel ropón impresentable, de lana y mojado era un auténtico espanto y quitármelo fue una liberación así en la tierra como en el cielo.

Entre que los curas que se iban poniendo cada día más pesados, que uno iba descreyendo cada día más y más hizo que empezara mirar la tal procesión como una pijada de tamaño natural, así que ya fuera del colegio, y después del preu, no volví a salir disfrazado de hombrecito del ku-klux-klan; las preguntas en casa me las quitaba de encima a como dios me diera a entender.

Avanzados los años, y tengo la duda si fue en el año 67 ó 68, estando un día tomando unos vinos, en el Igueldo ¡ay los días de vino y rosas!, salió a la conversación que uno de los circunstantes, dos años mayor que yo, se quería hacer de la cofradía del antiguo colegio y que se iba a comprar el hábito, que le costaba mil y pico pesetas. Uno que ha sido, y es, más pobre que las ratas le propuso al aspirante a cofrade la venta del ropón por la modesta cantidad de ochocientas pesetas y cerrado el trato se buscó la ocasión propicia para a cencerro tapado sacar de casa la caja de cartón en la que estaba el hábito en un altillo de armario y allá al fondo, cirio incluido. Se hizo entrega de la fastuosa ropa un viernes de dolores y se recibió al cambio lo prometido.

No quiero describir lo que daban de sí entonces a un pobre de solemnidad como yo ochocientas pesetazas, no llega a 5€, en aquel entonces. Mientras el otro desgraciado procesionaba por las rues del dios, un servidor vivía a todo vicio y morro: del Igueldo a Los Espumosos (los antiguos del Paseo, ¡qué barquillas de berberechos!), de allí a Tabernillas y si se ponía por el medio al Chipén, que los pobres pródigos no se andan en chiquitas ni en tacañerías, y siempre que podía invitando al personal, viva el lujo y el que lo trujo. Allí le cogí yo afición al vermú de al mediodía, afición en la que sigo insistiendo, crisis mediante. Llegada la pascua de resurrección creo recordar que el peculio era ya escaso, mas bien nulo y volvía ser el pobre que siempre fui, pero aquella semana santa es la auténticamente inolvidable para mí, días de vino y rosas de verdad. Al cambio, el otro pavo vestido de nazareno, morado y blanco para concretar, y con guantes blancos, que se me había olvidado la uniformidad, también camisa y corbata, creo recordar, que los curas con tal de joderte no sabían que inventar. No hay libertad sin cadena, eslabón que a ti te quitan a otro se lo darán, que dijo el Blas de Infante. Y así son las cosas, qué le vamos a hacer.

Escolio 1.- Pasados unos años el amigo que me compró los ropones por la bellísima cantidad de 800 pesetas de vellón, de aquellas, y ya pasados sus furores cuaresmales y cofrádicos, me dijo: ¡Qué bien me jodiste, cabrón! Pues sí, tenía razón, pero donde las dan las toman y callar es bueno.

Escolio 2.- Este es más duro. Pasados unos años y estando mi madre de arreglos por los armarios, estaba con el pedo limpiador que decía mi padre, echó a faltar la caja del hábito y me requirió: -Oye hijo, estoy arreglando armarios y no veo ni encuentro tu hábito de cofrade. Había pasado el tiempo suficiente como para que yo contestara con naturalidad y desparpajo: -Mira mamá hace muchos años que se lo vendí a XXX (me reservé, claro, la juerga pitorrona a costa del hábito). Me miró y disgustada me dijo:-¡Dios mío, hijo, has vendido tu mortaja! Joder, la verdad es que me quedé de mármol, jamás había yo pensado que con aquel ropaje ridículo iba a dar el ultimo paseo espacial; lo cierto es que no supe que contestar, no me cabía en la cabeza que un ropón comprado con quince años diera ese juego. Bueno mamá, ahora te digo que como me van a quemar, o eso pido, pues que no hace falta el ropón aquel para nada; además me imagino, eso lo sabes tu mejor que yo, por el cielo se andará in puribus naturis, o a lo más con una hoja de parra, como Adán y Eva a los que por cierto, si los ves, les das recuerdos de mi parte, que al fin y al cabo son abuelos nuestros, tuyos y míos.

Fin del ejemplar y edificante cuento cuaresmal.

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