jabola y su cuaderno, el blog del bolo o el boloblog sideral

atavismos, caza, cazadores, cacerías

Posted in JABOLANCIAS by jabola on 13 febrero, 2009

De cacería, ir de cacería debe de ser una manía que tiene la clase dirigente y política de nuestra querida Iberia, aunque el mal debe estar muy extendido por ahí fuera. Las lejanas lecciones de historia de España del bachiller, también las de la historia sagrada y de los clásicos, nos ofrecían a los reyes, nobles y otras gentes de la gandulerie y del poder que se divertían cazando y multitud de cuadros y estampas nos pintan y representan un sin fin de escenas de caza. La literatura infantil y juvenil del siglo XIX y XX ofrecen múltiples ejemplos de aventuras africanas con cazadores a todas las caras y nada digamos de la conquista del Oeste en la que todo cristiano va con su fusil y mata por matar bisontes y todo lo que se mueve, indios incluidos, claro. Eso lo tiene muy bien retratado Hollywood y en el imaginario colectivo está “El África” lleno de leones, bichos y bestias cazados por inverosímiles cazadores a lo “Coronel Tapioca” que entre tiro y tiro desarrollaban  tórridas pasiones amorosas.

Así que la caza debe de estar en la masa de la sangre del ser humano y eso lo desarrolla muy bien nuestro Miguel Delibes. Ese atavismo histórico viene del fondo de los tiempos, es decir hasta ayer mismo, de cuando para comer tenía el ser humano que enfrentarse a la naturaleza circundante y matar con sus manos lo cazado bien por argucia y maña, bien sangrientamente; ahora otros matan en nuestro nombre animales criados para tal fin en granjas y criaderos y nos ofrecen el producto en la carnicería de la esquina. Ha quedado pues un gusto por la caza que quedó en el inconsciente colectivo y que satisfacemos con el, así llamado, deporte de la caza. Claro que don Miguel representa, defiende y retrata una caza deportiva respetuosa, de andada, individual, de perro y morral y en la que el animal tenga su oportunidad y denigra, y se mofa y chotea, por el contrario, la caza de señorito a ojeo, puestos fijos, etc., tan en boga en la España del  franquismo y retratada con precisión e irrisoriamente por Berlanga en la hilarante película La Escopeta Nacional. En la caza individual de cazador a la andada se vive el campo y se respeta a lo cazado mientras que en las cacerías sociales se vive la idiotez de la sociedad y se masacra a los animales; Delibes describe con perfección en una sola frase la diferencia entre una caza y la otra y cito  de memoria: “Una perdiz colgada de la percha del cazador es una pintura y un  ciervo tirado en el suelo con los ojos vidriados es un asesinato”. El colmo de la horterada y de lo tétrico está en las fotos post-cacería con cientos de perdices cazadas a ojeo haciendo “alfombra” o, peor aún, decenas de ciervos muertos tirados en el suelo y los matarifes enderredor posando. Horror.

Pero algo debe de unir al poder con la caza, alguna fantasía de tipo desconocido para mí debe potenciar  que los ricos, poderosos, famosos y otras gentes del mal vivir, para que se pongan a la primera de cambio a darle tiros al mundo. Misterios. Y así cuando el Prestige cogieron  Fraga cazando, otros dijeron que cagando, al Cascos cazando y ahora se nos descalzan el juez Garzón, Supergarzón, y  el ministro Bermejo, Bermejinsky  COPE dixit, cazando en la provincia de Jaén unos venados,  de granja -es decir domesticados y que se quedaban quietos a la voz del mando para que les zumbaran bien los señoritos-, circunstancia aprovechada por el P.P. para atrincherarse y levantar el muro de la sospecha sobre lo que se dirían, o no, Garzón y Bermejo mientras esperaban que pasara el venado de granja de turno. Es decir, sostiene Rajoy que Garzón y Bermejo no cazaban sino que conspiraban en un “vamos a joder a los del P.P”. y que para ello se tuvieron que poner vestidos de Coronel Tapioca, que es como mejor se conspira, dónde va a parar.

 

Deberían los ricos, los poderosos y las otras gentes del mal vivir pensarse muy mucho, y muy bien, antes de aceptar ir de cacería y enterarse muy bien con quién se han de jugar los dineros y cruzar los tiros. Sería más provechoso en la inmensa mayoría de los casos que practicasen otras artes de caza, a pelo o a pluma, según orientaciones, y que las hicieran a cencerros tapados, pero esa es otra historia y otro día se contará.

 

En lo personal contaré mi alicorta historia cinegética, que también la tengo, no creáis, pero que acabó pronto y con desengaños, como tantas otras cosas de la vida.

 

Así que yo comencé a salir a acompañar a un tío mío cazador a la altura del año 1957. Le acompañaba, mejor sería decir que le molestaba, a cazar codorniz, la veda se abre en la Virgen de Agosto, en las rastrojeras y en los campos de remolacha que había por doquier: la caza era abundante y de aquel tiempo recuerdo las heridas que hacían en mis piernas los rastrojos altos pues en las laderas aún se segaba a mano y con hoz. La caza se hacía a la andada, con perro, zurrón y bota y aquello de acompañar me gustaba y mucho. Acabado el verano se abrían las vedas de la perdiz y de la paloma; la perdiz se cazaba como la codorniz, si bien el rendimiento era muy inferior, y la paloma de pasa se cazaba sobre entablillados de madera entre árboles y yo hacía la humilde función de recoge palomas y siempre tendré en la retina  el momento mágico de la aproximación de la brava paloma al puesto y el tiro correspondiente, el inmediato olor a pólvora: segundos inolvidables para un niño. También se cazaba la paloma de pasa en choza y a cimbel y mi modesta labor era darle adecuadamente al cimbel para que el reclamo aleteara. Así que ya sabéis: yo le di desde muy joven al cimbel, descreídos. Y con éxito. Proclamo.

 

Mi tío fallece en la flor de su vida en el  mes de junio del año sesenta y  allí se detuvo, con enorme dolor y desengaño pues adoraba al tío que me sacaba a cazar,  mi experiencia cinegética.

 

Años después, hacia 1965/66 y sin mayor precisión, un amigo me invito a ir a “una cacería” que organizaban importantes prebostes de la política local de la ciudad en la que vivíamos, prebostes entre los que se encontraba el padre de mi amigo. Acudí a la cacería más que nada por acompañar a mi amigo y por estar con él pues juntos lo pasábamos muy bien; fui vestido de cualquier modo, en recuerdo de mi tío Manolo, y sólo tuve la precaución de ir con botas de caminar pues suponía que andaríamos mucho, como en los viejos tiempos; en el camino de ida, en el coche, me enteré que la cacería iba a ser de conejos.  Hecha la reunión, que se hizo en un galpón lleno de bebidas y vituallas, así comenzó la “cacería”, se hicieron las presentaciones e inmediatamente se establecieron dos grupos de personas: los “secretarios” que eran gente del lugar y que iban todos vestidos normales como yo y el otro grupo era el de los prebostes que iban con atuendos supuestamente de cazadores y casi todos con sombrero de pluma. En el grupo de los prebostes estaban los prebostes normales y entre ellos el padre de mi amigo, los más prebostes que eran inmediatamente atendidos por los secretarios y prebostes normales y, finalmente, había un super preboste al que todos se desvivían por atender: era, nada más y nada menos, allí me enteré, que el gobernador civil de la provincia. Ni que decir tiene que el nivel de facherío, y su densidad, con tales repugnantes cargos era lo más elevado que yo he conocido en directo, si bien por televisión he visto mucha mayor densidad y calidad de fachas. Bueno, a lo que iba: que una vez bien comidos y bebidos en el galpón, y sin prisas,  los prebostes comenzaron a seguir cansinamente a los secretarios que iban provistos de palos, ganchos, perros y con unas misteriosas bolsas de tela; después de andar un poco, cerca pues del galpón, dispusieron a los prebostes, como una docena, en tres grupos de a cuatro auxiliados cada grupo por tres secretarios en el que uno de ellos llevaba la, para mí, misteriosa bolsa. Se distanciaron las cuadrillas unas de otras como doscientos metros y mi amigo y yo seguíamos en silencio prudente a la que iba su padre y en la que, casualmente, iba el preboste máximo. Coordinados los secretarios entre ellos, sacaron de las bolsas unos bichos que me repugnaron y que resultaron ser hurones: se dispuso a la prebosteria en semicírculo sobre  los cados en los que se metieron los hurones y cuando un conejo salía de alguno de los agujeros se le encendía a tiros. Así se cazaron docenas de ellos pues el animal dispone de muy poco defensa, aunque muchos escaparon con vida dada la inutilidad, y presunción, de aquella tropa. Avanzado el día se le dió una oportunidad a mi amigo para que pudiera cazar un bicho y aleccionado por su padre de cómo ponerse, cuando tirar, etc., formó en semicírculo en un extremo, teniendo a su inmediata izquierda al gobernador, de tan infausta memoria, mientras el padre pasaba atrás a mi lado. Yo miraba escéptico y cansado aquella charada, además dado mi atuendo me tomaban por el hijo de algún secretario e incluso  un preboste de ínfima categoría me mandó a buscarle agua, el muy cabrón. Bien, mi amigo en la partida, hurón introducido en el cado, tensa espera, yo muy atento mirando a mi amigo, un perro negro a motas que se cruza como a cámara lenta en el campo de tiro, conejo que salta de la madriguera, tiro inmediato, perro que cae tumbado al suelo y lastimeros lamentos del animal mortalmente herido: el señor  gobernador civil le había metido un tiro por su sitio al pobre perro visto con estos ojos que algún día se comerá la tierra; a continuación sonó un tiro hecho por mi amigo sobre el conejo que escapó de la quema elegantemente. En el segundo siguiente se oye, entre los gemidos del moribundo perro, un grito desgarrador del padre de mi amigo que se dirige iracundo a su hijo: -¡Idiota, más que idiota, te he avisado que esperaras hasta ver el conejo bien. Eres un inútil, etc., etc! ¡Ya no te traigo más! El hijo: ¡Papá, que yo no he sido, te lo juro! ¡Que te calles, inútil! A todo esto el señor gobernador, el muy hijodeputa, callado como un muerto, mientras yo había ido a ver al pobre chucho que  allí mismo fue despenado por  un secretario a la vez que me decía, por lo bajo, eso sí: tu amigo no ha sido, ha sido el mandamás, cosa que yo ya tenía clarísima, evidentemente. Me acerqué al padre de mi amigo y discretamente le dije que el perro había sido finado por el baranda máximo, me miró y me dijo: ya lo sé, pero tú, ahora, te callas. Los secretarios, en referéndum, se acercaban a mi amigo para levantarle la moral y como premio nos permitieron alejarnos un poco cada uno con unos pocos cartuchos y escopeta y pegamos unos tiros al universo mundo sin causar mayor mortandad ni quebrantos. Fue el final de mis experiencias cazadoras y ya nunca más he pegado un tiro, salvo en algún puesto de feria y con escopeta de perdigones y siempre con el miedo de que pasara algún perro tras de la caseta y me echaran el muerto a mí.

 

El ominoso silencio del baranda máximo, la doblez del padre de mi amigo y de todos los circunstantes ha quedado como una imperecedera lección de vida para mí, que ampliaría unos años después con el mismo amigo y con su padre, pero esa es otra historia, que contaré otro día.

 

Al poco del sucedido me hice pescador. Y ahí sigo.

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Una respuesta

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  1. Josita said, on 16 febrero, 2009 at 7:58 pm

    Interesante relato. Evidencia muchas cosas, pero me referiré tan solo a la España franquista más rancia y eso que la narración de la segunda parte la sitúa Vd. aproximándose a los años 70. No me extraña que este país rezume un cierto aire pestilente. Me ha gustado mnucho su descripción.


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